¿Cómo surgió el mundo de las modelos?

En la anterior entrega nos preguntábamos sobre el origen de los desfiles y decíamos que éste no se puede desligar de la historia de las modelos y el modelaje. Pues bien, partiendo de esa premisa haremos una exploración en el devenir del oficio de modelo.

Por William Cruz Bermeo

Denise Poiret en el Hotel Plaza de Nueva York. 1913. © Geisler & Bauman.

Entre los modistos de finales del siglo XIX y principios del XX era usual recurrir a sus esposas como “musas inspiradoras”, y soporte físico por excelencia de sus creaciones. Fue así como en la casa de Worth, Marie Vernet captó la atención de su esposo; Denise Poiret, fue la figura ideal para llevar las ideas de Poiret; mientras que la esposa de Lucien Lelong, Natalie Payle, despertó toda suerte de suspiros por su belleza y exquisitez vestimentaria. Sin embargo, ya existían las primeras modelos, por lo general quienes ejercían de maniquíes eran chicas humildes, empleadas anónimas de los salones de costura. El trabajo de las esposas de los modistos comparado con el de ellas, indica la existencia de una jerarquía no sólo social sino también laboral, donde las esposas eran la imagen exclusiva de la firma, y las jóvenes modestas sencillamente maniquíes de medición. Así lo indica la existencia de fotografías preparadas y ambientadas donde las protagonistas son justamente las esposas, fotografías que no hacen parte de retratos de familia sino de las primeras imágenes promocionales. Pero en ese mismo periodo otro tipo de mujeres hacían las veces de modelo, aquellas que al asistir a eventos sociales eran retratadas por los primeros cazadores de modas, para luego aparecer en las revistas de moda y sociedad, evidentemente provenían de familias burguesas, y usualmente tenían algún pasado aristocrático.

Natalie Paley con un diseño de su esposo Lucien Lelong. Fotografía Estudio Dorvyne, 1934 © Musée Galliera. París.

Hasta este momento es difícil considerar que el oficio del modelaje tuviera una estructura organizada como la que se vería en años posteriores, o que por lo menos existiera un proceso establecido para la selección de las chicas, y menos que el oficio fuera respetable, pues se cuenta que las primeras modelos de pasarela, que según Elke Reinhold aparecieron hacia finales del siglo XIX, tenían una reputación dudosa ya que para los cánones decimonónicos era indecoroso que una dama de alcurnia se subiera a una plataforma elevada, esto sólo podría hacerlo una bailarina, o una actriz de teatro, mujeres que por su profesión gozaban de una reputación lamentable.

El evento organizado para la selección de modelos más antiguo de que se tenga noticia, se dio hacia la década del veinte, y tuvo como protagonista a Jean Patou. Al principio, las creaciones que salían de su casa tuvieron un gran éxito en Estados Unidos, lo que despertó su interés por llevar modelos estadounidenses a París, y resaltar así que sus diseños le sentaban bien tanto a las “dianas americanas” como a las “venus parisinas”, de modo que las reclutó en 1924, ¿pero cómo las consiguió? Pues bien, puso un aviso de prensa para convocar a las aspirantes quienes debían ser “listas, delgadas, con los pies y los tobillos bien formados, y de modales refinados”. Se presentaron quinientas mujeres, de las cuales se escogieron seis. Lo interesante de esta historia es que tiene ciertos ingredientes en común con los actuales concursos de modelaje televisados, pues la selección tuvo un jurado compuesto por profesionales de la moda de entonces: Elsie de Wolfe (decoradora de interiores), Edward Steichen (fotógrafo de moda), Edna Woolman Chase (quien entonces tenía el puesto que hoy ocupa Anna Wintour), y el mismo Patou. De este modo, estaban sentando las bases para los futuros concursos de modelaje que la agencia Ford pondría a la orden del día algunas décadas después, tras su inauguración en 1946.

Jean Patou, con modelos norteamericanas. Hacia 1924. © S/D

Pero antes de abrirse esta agencia, en Estados Unidos hubo otro precursor. John Robert Powers, sería el primer agente de modelos, y empezó en 1923, representaba a chicas aspirantes a actriz de Hollywood y a sus agenciadas se las conocía como las Powers Girl”; pero también representó a modelos hombres, que luego serían galanes de la pantalla: Henry Fonda y Cary Grant. Los nombres de estos personajes, hombres y mujeres, sólo eran reconocidos por el público tras su triunfo en el cine, y nunca como modelos. De manera que el papel de modelo no era algo socialmente relevante, y si hoy conocemos nombres de algunas pioneras (Marion Morehouse, Lee Miller, etc.) es más por un dato curioso y no porque gozaran de reconocimiento masivo en su época.

Lisa Fonssagrives. Foto: George Hoyningen-Huené. Vogue, 1951. © Condé Nast Publications.

La noción de que la modelo es un personaje reconocido por el público, hoy se le adjudica a la extensa carrera de Lisa Fonsagrivess, quien modeló por casi veinte años (1930-1950), y sus reiteradas apariciones en el Vogue o en Harper’s Bazaar lograron generar recordación entre aficionados a la moda. Como puede verse, era un periodo donde la carrera de modelo era menos fugaz ya que se valoraba una imagen señorial y madura, en oposición a la imagen juvenil. Quiere decir que los años de permanencia de una modelo en escena le generaban gran prestigio, contrario a lo que sucede en la actualidad donde la celeridad que exige mantener la novedad conduce a la contratación de adolescentes a las que hacen pasar por adultas, y donde la presencia de modelos excesivamente recorridas puede llegar a ser vista con sospecha, o ser motivo de sarcasmos. (Recuerdo una vez que estando tras bambalinas en un desfile alguien dijo: ¿Dónde está el bastón?, llegó “Fulanita”. Se refería a una modelo de vieja data).

Jean Shrimpton. Por Gianni Penati. Vogue, marzo de 1969. © Condé Nast Publications.

Volviendo a los años cincuenta, esta fue la década en la que el modelaje adquirió verdadera importancia social en la medida que la gente reconocía a sus diosas de la moda, pero también fue un periodo que no tuvo en cuenta lo que para Chanel era una condición, que sus modelos debían provenir de cuna burguesa, pues prevalecía la apariencia física por encima de los viejos discursos de clase. O para ser más precisos, los discursos de clase ahora eran adaptados por una clase media en expansión, que valoraba la prosperidad producto del trabajo y del esfuerzo. Esto permitió que mujeres de cualquier nivel social lograran su propio ascenso en el ámbito del modelaje, tal como fue el caso de Dovima (Dorothy Virginia Margaret Juba), pero a la vez sirvió para establecer el cliché según el cual las modelos eran chicas tontas e incultas, que sólo velaban por su apariencia. Dovima había sido una muchacha de clase obrera a la que le gustaba leer cómics, y una vez cuando llegó a Egipto para una sesión de fotos, le preguntaron qué tanto le gustaba África, ¿África? gritó ella, ¿quién dijo África? Esto es Egipto. Cuando entendió que Egipto quedaba en África replicó: “¡Debí cobrar doble tarifa!”. De hecho, en la película Una cara con ángel se parodia así misma, representando a una estúpida modelo llamada Marión. La película en sí también contribuye a ese cliché; pero además prefigura el tipo de modelos de los años sesenta, delgadas y de una apariencia pueril como la de Lolita en la película de Stanley Kubrick; esta nueva imagen se encarna en el cuerpo escuálido de Audrey Hepburn, y permite entender el triunfo de modelos como Jean Shrimpton o Twiggy.

Twiggy, 1966. ©Topham.

Naomi Sims en Life, octubre de 1969 © LIFE

En ese mismo periodo dominaron varios arquetipos, la modelo rubia de ojos claros y estilo californiano, las gráciles modelos británicas como Grace Coddignton, Twiggy, o Jean Shrimpton, y la hippy rebelde Uschi Obermaier, considerada el símbolo sexual de esa generación, entre otras; pero todas tenían algo en común, eran blancas. Finalizando el decenio el modelaje empezó a conocer otros matices raciales, e incluyó mujeres de color entre sus portafolios, y diseñadores como Yves Saint Laurent también lo hicieron, esto permitió el asenso de modelos como Donyale Luna y Naomi Sims.

Campbell, Evangelista, Patitz, Turlington, y Crawford. Por Peter Lindbergh, Vogue 1990. © Condé Nast Publications.

Habiéndose convertido el modelaje en un negocio prometedor, las implicaciones económicas de esta carrera llegaron a su máxima expresión en los años ochenta, generando así el llamado fenómeno de las supermodelos, que se extendería hasta mediados de los noventa aproximadamente. Se trataba de mujeres jóvenes cuya fama, fortuna, poder y belleza superaba los objetivos del oficio, o sea servir de gancho para la exhibición de una prenda o producto, se planteó que su presencia eclipsaba a las prendas que exhibían y llegaba a ser más importante que los desfiles en sí. Por ejemplo, cuando Claudia Schiffer desfiló en Colombia en 1996, a su salida a la pasarela parte del público se puso de pie para aplaudir, pero no justamente a la ropa que llevaba puesta, y menos al diseñador. Esta extraña actitud no es resultado simplemente del provincianismo, para las grandes firmas en Europa y Estados Unidos también representó un problema que periodistas estuvieran más interesados en cubrir la vida privada de las modelos que el contenido de los desfiles; pero el problema tenía su contrapartida, pues poner a una supermodelo en el desfile implicaba de por sí mayor publicidad. La misma Betsey Johnson llegó a asegurar que de todo el montaje lo más caro eran las chicas, pero que esto representaba un incentivo para la prensa.

Kristen McMenamy, Londres, 1996. Por Juergen Teller.

Tras el ocaso de este fenómeno un nuevo y vario pinto grupo ocuparía el lugar de las supermodelos, esta vez caras frescas y cuerpos irregulares en el sentido que ya no se trataba de cuerpos súper poderosos, si no todo lo contrario: mujeres escuálidas con un fuerte aire urbano, grunges, punks, tatuadas y confusamente andróginas, la misma situación aplicaba para los caballeros. Ahora el foco de atención empezó a ser la extrema delgadez y apariencia macilenta que lucían algunas de ellas. Sin embargo, fue propio de los años noventa tomar en cuenta bellezas alternativas, esto incluía la apariencia enfermiza, andrógina, y de jolie laide (algo así como una belleza poco convencional, o lo que en Colombia eufemísticamente llamamos “exótica”) que representaban Kate Moss, Jenny Shimizu y Kristen McMenmy respectivamente. El tema de la desnutrición en las modelos, y las controversias respecto a los talles llegaron al dominio público con documentales como Deslumbrada, y con la dramática caída de las maniquíes en escena. Si tal como sostiene Susan Sontag, lo importante de las enfermedades no está tanto en su aspecto biológico sino en el uso cultural que de ellas hacemos, en realidad en los años noventa la delgadez se estetizó, del mismo modo que la tuberculosis en el siglo XIX. Ya en la década de los ceros, en 2007 el Vogue norteamericano ponía en portada a las próximas modelos top del mundo, figuraron Agyness Dyen, Coco Rocha y Sasha Pivovarova, entre otras siete. El tiempo dirá cuál fue nuestra percepción del oficio del modelaje al comenzar el nuevo siglo, pues nada es más apresurado que hablar de las inestabilidades del presente.

Acerca del autor

Graduado de artes plásticas y especialista en estética; docente de historia de la moda y el vestuario en la Universidad Pontificia Bolivariana; docente en los diplomados de Periodismo y comunicación de la moda de La Colegiatura Colombiana, y Mercadeo de la moda de la Universidad Eafit; asesor del programa Afin de Inexmoda.